Lee el tercer capítulo de The Retribution of Mara Dyer

Tercer libro de la saga "Mara Dyer"

¡Al parecer leeremos el libro en adelantos antes de que salga a la venta! Nah, no es cierto pero ya tenemos suficiente para poner a correr nuestra imaginación con teorías de cómo será el libro. Mientras esperamos la llegada del 4 de noviembre podemos leer los primeros capítulos de The Retribution of Mara Dyer.

CAPÍTULO 3

Hasta ese momento no había estado segura de si había estado despierta o alucinando. Pero ahora los sonidos que escuché parecían muy reales. Demasiado reales. El taconear de unos zapatos sobre un piso de linóleo. La ráfaga de aire cuando una puerta se abrió en alguna parte detrás de mi cabeza. Me miré a mí misma en el techo. Abrí mi boca y mi reflejo hizo lo mismo.

Así que estaba sola ahora, definitivamente. Podría no haber estado segura de qué era real y qué no lo era, pero sabía que no quería que Kells supiera que estaba despierta. Cerré fuertemente mis ojos.

—Buenos días, Mara —dijo secamente la doctora Kells—. Abre tus ojos.

Y ellos se abrieron, como si nada, vi a la doctora Kells al lado de mi cama y reflejada frente a mí miles de veces en el pequeño cuarto de espejos. Wayne estaba a su lado, largo, hinchado y desarreglado, mientras ella estaba esbelta, refinada y pulcra.

—¿Has estado despierta por un largo tiempo? —Me preguntó.

Mi cabeza se sacudió de lada a lado. De alguna manera, no se cómo, no se sintió como si fuera yo la que la moviera.

—Los latidos de tu corazón se elevaron hace no mucho. ¿Tuviste un mal sueño?

Como si no estuviera viviendo un mal sueño. Ella se veía realmente consternada, y no estoy segura de haber querido golpear tanto a alguien en mi vida entera.

El ansia era aguda y violenta y disfruté mientras duró. Aunque no fue mucho tiempo. Porque tan pronto como la sentí, desapareció. Se disolvió, dejándome fría y vacía.

—Dime cómo te sientes —dijo Kells.

Lo hice. No importaba que no quería decirle. No tenía elección.

—Quiero hacerte alguna pruebas. ¿Está bien?

No.

—Sí —dije.

Ella sacó una libreta pequeña de notas. Mi manuscrita estaba en el frente, mi nombre. Era mi diario, el que se suponía que yo tenía que escribir mis miedos, en Horizontes. De hace unos días. O semanas, si lo que mi reflejo había dicho era cierto.

—Te acuerdas de esto, ¿no es así, Mara?

—Sí.

—Excelente —dijo, y sonrió genuinamente. Estaba complacida de que recordara, lo que me hizo preguntar que podría haber olvidado.

—Vamos a trabajar en tus miedos juntas hoy. G1821, la condición que te está haciendo daño, ¿recuerdas?; es lo que causa tu habilidad de estallar. Factores diferentes lo inician. Pero al mismo tiempo apaga una parte diferente tuya —se detuvo, estudiando mi cara—. Remueve la barrera entre tu pensamiento consciente y tu pensamiento inconsciente. Así que para ayudarte a mejorar, Mara, quiero estar segura de que puedo pre-escribirte la cantidad adecuada de medicamento, la variante de Amytal que se te ha dado, Anemosyne es como lo llamamos. Y en orden para ver si está funcionando, vamos a detonar los miedos que escribiste en este diario. Algo así como terapia de exposición, combinado con terapia de drogas. ¿Está bien?

Jódete.

—Está bien.

Wayne abrió un estuche que había estado sosteniendo y sacó su contenido en una pequeña bandeja que había a un lado de la cama. Giré mi cabeza y miré, pero luego deseé no haberlo hecho. Escalpelos, jeringas y agujas de diferentes tamaños brillaban contra la tela negra.

—Vamos a medir tu respuesta al miedo a las agujas hoy —dijo ella, y en respuesta Wayne levantó un cilindro con tapón de plástico. Apretó el tapón entre sus dedos y lo giró. El sello de seguridad se rompió con un fuerte sonido de “snick”. Metió la aguja dentro de una larga jeringa.

—Ciertamente has visto suficientes de estas, considerando tu tiempo en los hospitales, y a juzgar por tus récords tu instinto es dar pelea cuando se te toca sin tu permiso por profesionales médicos —ella dijo, levantando sus pestañas coloreadas por un momento—. Golpeaste a una enfermera en tu primera estadía en el hospital Providence después del incidente en el asilo, en respuesta a ser tocada y sostenida a la fuerza —miró hacia abajo a una pequeña libreta de notas—. Y luego golpeaste la enfermera de la unidad del psiquiátrico cuando fuiste admitida después de tu intento de suicidio.

En ese momento dos imágenes compitieron por espacio en mi mente. La primera era nítida y clara, era yo parada sola en un muelle llevando la cuchilla brillante de un cúter a mis pálidas muñecas. En la otra imagen, borrosa y suave, el contorno de Jude detrás de mí, susurrando a mi oído, amenazándome a mí y a mi familia hasta que el cúter se metió profundo en mi piel.

Mi mente se cerró en la segunda imagen, la que tenía a Jude. No había tratado de matarme a mí misma. Jude sólo había hecho que pareciera así. Y Kells, de alguna manera, estaba haciendo que lo olvidara.

Wayne se agachó entonces y sacó algo de debajo de la cama, más allá de mi rango de visión. Se levantó sosteniendo un sistema de cuero y restricciones metálicas que se veía complicado. Grilletes en realidad. Aún no tenía miedo.

Pero entonces Kells dijo

—Sólo relájate.

Sus palabras hicieron eco en mi mente, con la voz de alguien más.

Sólo relájate.

Hubo una pequeña voltereta en mi pecho, y el monitor de al lado sonó. No lo entendía. ¿Habían sido las palabras? Una gota de sudor descendía por la frente de Wayne. Se la quitó con la manga de su brazo, luego movvió sus dedos gordos a la curva de mi codo. Mi mente se encogió y mis músculos se tensaron.

Wayne pareció sentirlo.

—¿Está segura… está segura de que está estable? —Estaba nervioso. Bien.

Kells miró mi brazo. —Mara, quiero que tu cuerpo, tus brazos y tus manos se queden quietas.

Tan pronto como las palabras dejaron su boca, mi cuerpo obedeció. Me vi a mí misma en el espejo del techo. Mi expresión era flácida.

—Cuando ves algo a lo que le tienes miedo, tu mente le dice a tu cuerpo que reacciones. Le dice a tus riñones que dejen salir adrenalina, lo que hace que los latidos de tu corazón se incrementen, y tu pulso y tus respiraciones también. Esto es para prepararte para huir o para pelear la cosa a la que tienes miedo, sin importar si ese miedo es racional. En este caso el miedo dispara tu anormalidad. Así que de lo que nos estamos asegurando es de que la medicina que hemos desarrollado para ayudarte está haciendo lo que se supone tiene que hacer. El principal objetivo, por supuesto, es la total aversión; cerrar el camino que transforma tus… —se restregó su pulgar en su labio inferior mientras buscaba palabras— Pensamientos negativos —dijo finalmente—, a la acción. El Anemosyne no previene tus pensamientos, sino las consecuencias físicas de ellos, dejándote tan inofensiva como un no-portador. Ahora dale la vuelta —le ordenó a Wayne.

Wayne tragó saliva, sus codos temblando con el movimiento cuando me tomó por los hombros y empezó a darme la vuelta. En algún momento un accesorio se había ajustado a la cama que me permitía estar recostada sobre mi estómago sin tener que girar mi cuello para el otro lado. Miré al piso, agradecida de que no tuviera espejos. Al menos no tendría que mirar.

Mis tobillos estaban amarrados. Él posicionó cada brazo para que cada uno colgara a mis lados, luego engrilletó mis muñecas juntas, como si estuviera abrazando la cama.

—Muéstrele la jeringa —la doctora Kells le dijo.

Wayne movió la aguja enfrente de mis ojos, dejándome verla desde cada ángulo. Mis latidos se aceleraron, y con eso, los sonidos del monitor.

—¿Debería de latir así su corazón? —Preguntó Wayne nerviosamente.

—Sólo un reflejo —explicó Kells—. Su cuerpo aún es capaz de responder a los reflejos, pero sus emociones, su miedo, no pueden disparar su habilidad sin importar lo que ella piense —dijo como si explicara un hecho conocido—. Consciente o inconscientemente.

Wayne levantó la parte de atrás de la bata de hospital en la que me habían vestido. No lo quería tocándome, pero no podía hacer nada al respecto.

Entonces algo rozó, se deslizó hacia mí en el suelo. Un espejo. Mostraba mi cara, la cual estaba blanca y sin rastro de sangre, y en el espejo del techo vi mi espalda expuesta. Me veía delgada. Enferma.

No quería ver lo que fuera que iban a hacerme, y que podría hacer algo. Cerré mis ojos con fuerza.

—Abre tus ojos —instigó la doctora Kells y yo lo hice. Tenía que hacerlo, y lo odiaba.

Ella ajustó el espejo y pude ver cómo Wayne tomaba una bolita de algodón de la mesa de metal que estaba a un lado de la cama y lo remojó en yodo. Me estremecí cuando lo aplicó en mi espalda.

Él se dio cuenta.

—¿Qué significa eso?

—Sólo un reflejo —respondió Kells, su voz delgada. Enojada—, al frío —le dijo a él. Luego a mí—. Si te golpeara la rodilla con un martillo, Mara, ésta daría un tirón. Es sólo tu respuesta al miedo que vamos a tratar de apagar. Si somo exitosos, serás capaz de vivir una vida normal y productiva sin obstáculos de tus miedos irracionales, y sin tener que preocuparnos de que causarás consecuencias que no intentabas causar que pudieran ser desastrosas para la gente que amas y los demás.

Vagamente recordaba que solía importarme eso.

—Vamos a extraer algo del fluido de tu espinal dorsal primero —dijo Kells y Wayne puso la aguja sobre mi piel—. Esto sólo va a doler un poco.

Cada movimiento desde ese momento en adelante fue procesado en cámara lenta. La aguja mientras Wayne la dejaba cernirse sobre mi piel a sólo unos milímetros. El sentimiento de frío hierro abriendo mi piel, primero una picadura; luego, mientras entraba más profundamente, una punzada, un dolor, una quemadura, y quería retorcerme pero no me movía, no podía moverme. Kells me dijo que viera mi cara en el espejo, y lo hice. Aún estaba flácida. Una máscara de piel escondiendo cada sentimiento. Mi mente gritaba pero mi boca se mantenía cerrada.

Hubo un poco de presión cuando la jeringa chupó fluido de mi espinal.

—Lo estás haciendo muy bien —dijo Kells, su voz sin tono—. ¿No es mejor así, Mara? No hay nada a qué temer. Es sólo una aguja y es sólo dolor. El dolor sólo es un sentimiento, y los sentimientos no son reales.

Después de lo que se sintió como horas Wayne sacó la aguja, y la presión se detuvo pero el dolor no lo hizo. Algo frío y mojado resbalaba por mi piel antes de que Wayne apretara una pieza de gaza para absorberlo. Mi respiración era profunda y regular. No jadeé, no vomité. Pensé que esos eran reflejos. Supongo que no.

Wayne limpió mi espalda, quitó los grilletes de mis muñecas, desamarró las correas de mis pies, y gentilmente, en una manera que hacía que mi mente se enfermara, me dio la vuelta sobre mi espalda.

—Sé que eso no fue placentero para ti, Mara —comentó Kells—. Pero a pesar de tu incomodidad, ha sido una prueba exitosa. Lo que la droga te permite haacer ahora mismo es separar tus reacciones mentales de tus reacciones físicas. El efecto secundario, sin embargo, es algo también emocionante —ella no sonaba emocionada.

—Estoy segura de que querías reaccionar durante el proceso. Estoy segura de que querías gritar y probablemente llorar. Pero gracias a la droga, tus reflejos físicos se mantienen intactos pero son separados de tus emociones. En otras palabras, con Anemosyne, si alguien corta cebollas cerca de ti, o si una pestaña se mete a tu ojo, aún vas a sacar algunas lágrimas por el estímulo. Tus ojos tratarán de sacar el irritante. Pero ya no llorarás de miedo, o por tristeza o frustración. Se cortará esa conexión para prevenir que pierdas el control —se cernió sobre mí—. Sé que es una sensación extraña para ti ahora, pero te adaptarás. Y el beneficio para ti y para otros será enorme. Una vez hallamos establecido la dosis apropiada para ti, sólo necesitaremos estimular tus infusiones cada pocos meses. Eventualmente podrás ir con tu familia, venir a terapia conmigo, y tener la vida normal que quisiste, mientras esta droga sigue funcionando — ella bajó su mano para aplanar mi cabello en lo que supuse fue un gesto maternal, y sentí la urgencia de morderla.

—Vamos a darte otra droga ahora para que no recuerdes los malos momentos de hoy. ¿No va a ser eso bueno? —Una sonrisa serpenteó por sus labios, pero luego sus cejas se unieron—. Wayne, ¿cuál es la temperatura actual de la habitación?

Wayne se movió a la izquierda, presionó un botón en la pared con espejo con su pulgar. Números aparecieron en el vidrio. Sofisticado.

—Setenta grados (Fahrenheit, 21 en grados Celsius)

Kells puso la parte trasera de su mano en mi frente.

—Está caliente y sudando —se secó la mano en la sábana.

—¿Es eso… normal?

—Es atípico —dijo Kells—. Ella no había reaccionado así a ninguna de las pruebas anteriores.

¿Pruebas anteriores? ¿Cuántas habían hecho?

Kells sacó una pluma con luz de su bolsillo y me dijo —No te muevas.

No me moví. Ella hizo encender la luz sobre mis ojos; quería cerrarlos pero noo podía.

—Sus pupilas están dilatadas. No lo entiendo. El procedimiento ha terminado —su voz titubeó un poco—. Wayne, el Amylethe, ¿por favor?

Él sacó algo del estuche negro. Otra aguja. Pero debía haber estado sudando también, porque lo dejó caer. Cayó al suelo y rodó.

—Cristo —murmuró Kells bajo su aliento.

—Lo siento, lo siento —iba a coger una nueva jeringa pero se detuvo cuando el monitor hizo un sonido.

Kells miró hacia ahí.

—La presión de su sangre está cayendo. Está teniendo alguna clase de reacción. ¿Podría ser más lento?

Nunca la había escuchado sonar algo menos a completamente compuesta. Pero mirándola ahora su cuerpo estaba tenso. Los tendones en su cuello estaban sobresalidos. Quizás estaba imaginándolo pero podía casi oler el olor de su miedo.

Estaba aterrorizada. ¿De mí? ¿Por mí? No lo sabía, pero me gustaba.

Wayne apretó su mandíbula y abrió el tapón de la jeringa. Trató a agarrar mi brazo y apuñaló mi hombro con la aguja.

Mi visión nadó y mi cabeza se espesó.

—Llévala al cuarto de análisis —fue lo último que escuché antes de que todo se pusiera negro.

¿Ideas? Recuerda que sólo faltan 16 días para la publicación del libro en inglés.

Por si quieres leer el capítulo en inglés, puedes hacerlo aquí:

Puedes también leer el primer capítulo y el segundo capítulo aquí en el blog 😀

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Un comentario en “Lee el tercer capítulo de The Retribution of Mara Dyer

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