Lee el cuarto capítulo de The Retribution of Mara Dyer

Por si tres capítulos no fueron suficientes, ahora te traigo el cuarto capítulo del último libro de la trilogía, The Retribution, que sale a la venta el 4 de noviembre. ¡Menos de dos semanas!

¿Estás listo?

CAPÍTULO 4

ANTES

India, Provincia desconocida.

El día que tía murió, nuestros vecinos nos veían con aprensión mientras caminábamos desde el pueblo mostrando sus cuerpo. El aire estaba tan muerto como ella; la enfermedad del río se la había llevado unos días después de que Tío me trajera a casa. Tía era la única razón por la que lo habían tolerado, con su ropa diferente, siempre azul, con sus palabras diferentes y su apariencia diferente. Ella había sido especial, Tío me decía. Cuando ella asistía un parto, el bebé se apresuraba a salir de la pansa de su madre para conocerla. Sin ella estábamos desprotegidos. No sabía que quería decir hasta que murió.

La noticia de nosotros se extendió de un pueblo a otro. A donde fuer que fuéramos, la plaga y la muerte ya había atacado, y nosotros seguíamos su rastro. Tío hacía lo mejor para la gente, compartiendo remedios, haciendo cataplasmas, pero susurros seguían nuestros pasos. Mara, nos llamaban. Demonios.

Una noche Tío se levantó de su sueño y nos dijo a mí y a Hermana que nos fuéramos de inmediato. No debíamos hacer preguntas, sólo obedecer. Nos escabullimos de nuestra choza en la oscuridad, y una vez pusimos un pie en la jungla, escuchamos su grito.

Una columna de humo se levantó en el aire, llevando consigo sus lamentos. Quería ir a él, arreglarlo, pero Hermana dijo que habíamos prometido no hacerlo, que sufriríamos el mismo destino si lo hiciéramos. No había agarrado nada más que mi muñeca. Nunca la dejaría atrás.

Mi largo y enredado cabello se pegaba a mi cuello y hombros en el húmedo calor de la noche cuando los gritos de Tío fueron reemplazados con los sonidos de la jungla, levantándose con la luna. No dormimos esa noche,  y cuando el sol salió de entre las nubes y el hambre retorció mi estómago, pensé que tendríamos que rogar por comida  como huérfanas. Pero no tuvimos que hacerlo. Hermana habló con los árboles, y ellos dejaron caer sus frutas  por ella. El suelo dio su agua. La tierra nos alimentó y sustentó hasta que llegamos a la ciudad.

Hermana me llevó directamente al edificio más alto en el puerto a ver al hombre con gafas. Se llamaba a sí mismo Mr. Barbary, y Hermana caminó directamente hacia él. Estábamos sucias, cansadas y se veía mucho que no pertenecíamos ahí.

— ¿Sí? —Dijo cuando nos paramos frente a su escritorio—. ¿Qué es lo que quieren?

Hermana le dijo quién era ella, quién había sido su padre. Él nos vio con nuevos ojos.

—No la reconocí. Ha crecido.

—Sí —dije—. Lo he hecho.

Nunca había hablado con él, o con nadie más que con Tío y Hermana. Nunca había necesitado hacerlo. Pero sabía por qué estábamos aquí, y quería impresionarlo.

Funcionó. Sus ojos se agrandaron y su sonrisa se extendió por debajo del arco chistoso de cabello que tenía encima de su labio.

— ¡Oh, pero sí habla!

Podía hacer más que eso.

Él me hizo preguntas sobre lo que nos había pasado, y sobre otras cosas también; qué había aprendido desde la última vez que le había visto, qué talentos había desarrollado, si me había enfermado. Después midió cuánto había crecido. Luego, le dio a Hermana una bolsa, y ella asentó su cabeza en gratitud.

—Debo informar a su benefactor de su cambio en circunstancias, lo entienden —él explicó.

Hermana asintió, pero su rostro era una máscara. —Lo entiendo. Pero su educación no ha sido completada. Por favor infórmele que yo voy a tomar el lugar de mi padre, si se me permite.

El señor Barbary asintió con su cabeza y después nos despidió, y Hermana me sacó del edificio agarrando mi mano. Me pregunté cómo era posible que conociera la ciudad tan bien. Ella nunca había venido con Tío y conmigo.

Hermana le pagó a un hombre para que nos encontrara alojamiento temporal, y después nos compró ropa, buenas ropas, de la clase que Tío vestía. Ella compró comida para que comiéramos en nuestro cuarto.

No se parecía a nada que hubiera visto antes, con camas altas que habían sido esculpidas en árboles que estaban cubiertas con ropas blancas tan suaves como plumas. Hermana me lavó y me vistió, y entonces comimos.

—Nos iremos después del  anochecer —dijo, levantando un fragante arroz amarillo con su pan.

Cuando mi estómago se llenaba, me empecé a sentir placentera y adormilada. — ¿Por qué no nos quedamos? —el cuarto era sólido, vacío de polvo y corrientes de aire, y las camas se veían muy limpias. Moría de ganas de acostarme en una.

—Es mejor avanzar sin ser notadas por tanto tiempo como podamos, hasta que encontremos un nuevo hogar.

No le repliqué. Confiaba en Hermana. Se había encargado de mí cuando era pequeña, como se encargaría de mí hasta el día que ella muriera.

Sucedió un largo tiempo después de que Tío había sido asesinado, aunque no sé exactamente cuánto tiempo. El tiempo no tenía importancia para mí, sólo era marcado por mis visitas al señor Barbary para inspección. Tío no tenía calendarios, y tampoco Hermana. Ni siquiera sabía mi edad. Nos movíamos por las orillas de los pueblos como fantasmas, hasta que nos corrían incluso de la periferia. Entonces nos movíamos al siguiente.

— ¿Por qué debemos seguir mudándonos? —Le pregunté mientras caminábamos—. ¿Por qué no nos dejan quedarnos? —Por la envidia, dijo Hermana.  Las personas entre las que vivíamos no tenían dones como nosotras. Eran tan ordinarios como hojas de pasto, pero nosotras éramos como flores, hermosas y raras. Ellos sospechaban de nuestras diferencias y nos odiaban por eso. Así que teníamos que pretender ser lo que no éramos, y así no seríamos lastimadas por lo que éramos.

Pero ellos nos hacían daño de todas maneras. Sin importar lo mucho que intentábamos de pasar desapercibidas, alguien siempre nos reconocía o sospechaba de nosotras. En nuestra tercera noche en el poblado más reciente, ellos se llevaron a Hermana al caer la noche, de la misma manera en que ellos se habían llevado a Tío. De la manera en que ellos trataron de llevarme.

Brazos pellizcaban mi piel y yo estaba siendo agarrada y sacada de mi tapete. Hermana gritaba, rogándoles que no me lastimaran, jurando nuestra inocencia, que no éramos peligrosas, pero antes de que pudiera despertar completamente, sus palabras fueron cortadas. Un hombre había golpeado su cabeza con una piedra. Sólo una vez, pero había sido suficiente.

Me quedé inactiva en los brazos de mi captor cuando el mismo hombre alzó la roca para golpearme con ella. Yo quería que él muriera.

Su cuerpo se sacudió, y algo se rompió desde dentro de él, mandando un torrente de sangre desde su nariz. Dejó caer su roca y gimió, alejándose de mí.

Los otros también se alejaron. No les hablé. No les grité. Miré a Hermana, su boca suelta, su cuerpo tieso, su cabello brillando con sangre, y lo quise.

Quise que ellos sintieran lo que ella sentía. Quise que ellos nunca vieran otro amanecer, ya que ella no lo haría tampoco.

Me senté a su lado, abrazando su cabeza destrozada en mi regazo. Los otros formaron un círculo grande a nuestro alrededor. Y entonces alguien aventó una piedra.

No me golpeó. Y golpeó a alguien más.

Gritos empezaron y el aire se llenó con miedo. El poblado se vació esa noche cuando los hombres, los asesinos, huyeron, llevándose a sus mujeres y niños con ellos.

Vi herramientas pero las ignoré. Empecé a juntar tierra con mis manos, y enterré a Hermana cuando terminé de escarbar su tumba poco profunda, justo donde había caído. Dormí allí hasta el día siguiente. Incluso los insectos no me molestaron. Cuando me desperté, empecé a caminar a Calcutta sola. Pasaba los cuerpos dispersos de los hombres en mi camino. La piel sobre sus labios estaba manchada de sangre, pero las moscas no los tocaban. No se atrevían.

Evitaba a la gente. Me bañé en mi sangriento y simple conjunto. La vegetación no dejaría caer sus frutos por mí, así que rodeaba los poblados y les robaba para comer. Era ignorante de todo excepto mi soledad. Extrañaba a Hermana y a Tío también, a mi manera. Pero ellos se habían ido ahora, y todo lo que me quedaba de ellos y mi vida con ellos eran cenizas y polvo y la muñeca que Hermana me había hecho, y las palabras que Tío me había dado, me había enseñado, para que pudiera hablar con mi benefactor en Inglaterra algún día.

Ese día había llegado.

Caminé hacia el puerto, hacia el señor Barbary, sin compañía por primera vez en mis recuerdos. Él miró mis ropas manchadas y mi cabello apelmazado. Me veía como algo salvaje, pero hablaba tan clara y nítidamente como él, y en su propia lengua. Le dije que mi educación estaba completa. Él me envió a un hotel cercano, y me iba a ir a buscar cuando mi pasaje a Inglaterra hubiera sido arreglado, dijo.

Me bañé en agua limpia esa noche, y limpié mi cuerpo con jabón formado, un lujo del que había aprendido pero no experimentado. Me maravillé a la espuma formada en mi piel, la espuma en mi cabello, y cuando terminé, me subí a la cama desnuda, y dejé que el aire secara mi cuerpo. Sentí como si hubiera cambiado mi piel como una serpiente, y esta nueva piel me llevaría a mi nueva vida.

Al siguiente día el señor Barbary apareció en la puerta para informarme que mi benefactor había muerto la semana pasada, pero que no me preocupara ya que me había previsto en caso del evento de su muerte. Su viuda había sido informado de mi existencia y había accedido a recogerme, como él lo habría hecho algún día. El señor Barbary había agendado mi pasaje en el primer viaje posible. Partiría la semana próxima, y debía entretenerme a mí misma hasta entonces.

Y lo hice. Me dejó una bolsita con mis propias monedas y compré nuevas ropas y comida que no tenía que preparar. Mi cuerpo se suavizó después de una semana en la ciudad, después de meterme a mí misma lo que fuera que quisiera con comidas relucientes, humeantes y picosas.

La noche antes de que partiera, metí mis nuevas cosas en mi nueva maleta pequeña con gran ciudado. Saqué mi muñeca de debajo de mi almohada, donde la escondía de día. Recorrí mis dedos sobre sus costuras, toqué el punto de la sangre de Hermana que marcaba su muñeca, y me pregunté qué forma tomaría mi nueva vida sin Hermana.

— ¿Por qué paga el hombre blanco por mí? —Una vez le había preguntado a Tío, después de un viaje a Calcutta para mi inspección. Las monedas tintineaban en su andar.

—Porque él cree que tienes valor. Y cuando vayas a él, lo tendrás.

Tomé esto en mi interior. — ¿Cuándo iré?

—Cuando te conviertas —dijo Tío.

— ¿Convertirme en qué?

—Tú misma.

Pero si no soy yo misma aún, ¿entonces quién soy? Pensé.

*The Retribution of Mara Dyer sale a la venta este 4 de noviembre. Recuerda que hay un concurso para ganarte los libros, puedes checar la dinámica aquí.

También puedes leer el primer, segundo y tercer capítulo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s